En el Desierto de Alma
El agua mansa de la playa, de la que se estaba alejando la mujer, también era rosa y las conchas casi blancas. El caballo blanco, o negro tal vez, despareció y Aurora decidida quiso caminar por aquel desierto en el que terminaba la playa, se despidió del caballo ficticio o real, como queráis , y se adentró en las arenas claras, no como lo nieve, sino como las finas arenas de una playa del Caribe. En el desierto Aurora encontraría innumerables secretos porque era un hermoso viaje el que comenzaba. Así que subió la pendiente de una enorme duna y en un costado se durmió, tapada por una manta imaginaria. Porque si una facultad tenía la mujer de nuestra historia es que podía hacer aparecer cosas a placer y hacerlas desaparecer después; y no era este un poder propio, sino prestado por los seres angélicos que la rodeaban, y es que como ángel terrestre, nunca caminaba sola, y pese a todos sus defectos humanos, su alma contenía tanta luz que jamás la habían abandonado desde su nacimiento, tal y como hacen con todos nosotros. No obstante, como decía, Aurora podía a veces hacer a parecer y desaparecer cosas a placer, y, además, qué no pasaría en un mundo mágico por el que viaja nuestra protagonista. Como decía se durmió y al despertar no recordó sus sueños. No los recordó porque eran feos o bonitos; en ocasiones tampoco los recordaba.
¨Pensó al despertar en cuanto dolor le había costado llegar hasta allí, en sus misterios, que jamás nadie sabría, no de una forma natural al menos, porque nadie puede vivir la vida de otro. y la suya había sido dura, lo había sido... Y dejemos eso para seguir con la aventura, porque siempre que se cierra una puerta se abre un Desierto de Alma.
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